El metro fantasma

Uff se me está haciendo tarde, tarde no, tardísimo. ¡¡Mira qué hora es!! Seguro que ya no llego, ¡joder! Venga, venga, rápido, acelera el paso. Qué narices, corre un poco, que no llegas tío.

Así, acelerado y con la lengua fuera, algo muy habitual en Londres, consigo subir al metro a tiempo. La tranquilidad de pensar que iba a llegar a tiempo se convirtió en preocupación al ver que el metro estaba totalmente vacío. Habían dicho algo por megafonía, pero iba tan acelerado que no había prestado atención.

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Pensando que me había equivocado de metro con tantas prisas, bajé al arcén de nuevo y verifiqué que ese era el metro que tenía que pillar. Efectivamente era ese,  sólo que lo estaba cogiendo en la primera, o última, parada de la línea. Menos mal, no quería llegar tarde al aeropuerto por nada del mundo. Ahora sí,  por fin podía sentarme, relajarme y pensar en esas vacaciones que estaba tocando con la punta de los dedos. Sobre todo cuando al cabo de un momento empezaron a llegar más pasajeros.

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