Dublín y sus descapotables

Mi primera estancia en el extranjero tuvo lugar en Dublín, hace ya unos cuantos años de eso.

Recuerdo que no sé por qué extraño motivo tenía una ídea preconcebida de la ciudad que, por supuesto, no se correspondía para nada con la realidad. Como suele ser normal en estos casos.

Me imaginaba Dublín como una gran ciudad, con rascacielos, con un gran centro financiero, etc… Nada más lejos de la realidad, por suerte Dublín es una ciudad acogedora, de tamaño mediano y con un encanto muy especial.

Una vez asumí que Dublín no se parecía a Miami, y que no sabía de donde había sacado esa absurda idea, lo siguiente que me llamó poderosamente la atención fue la cantidad de descapotables que había por la ciudad. Por supuesto, todos con la capota cerrada.

Para mi no tenía ningún sentido tener un descapotable en un país con un clima frío y lluvioso a más no poder. Sin embargo, me parece que para ellos era una símbolo de estatus. Una manera de dar a entender que te iba bien en el trabajo o en los negocios.

Una de la cosas buenas de viajar es ver lo diferentes que pueden llegar a ser algunas cosas en los diversos países que visites. No tienen porque ser mejores ni peores, simplemente diferentes. Y suelen tener sentido en su contexto, por muy raro que te pueda parecer a ti al principio.

 

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Jazz, flamenco, o lo que quiera que sea, en Dublín.

– Oye, este Sábado vamos a ir a concierto de Jazz en un bar que está pegado al Liffey, pasando la zona de Temple Bar, ¿te apuntas?

– ¿a un concierto de Jazz?, ¿y eso?

– No, bueno…. no estamos seguros de que sea Jazz, pero el que toca es amigo de unos españoles, y nos han pedido que nos acerquemos a llenar un poco el garito.

– Ah…vale, vale, pues me acercaré por allí.

Total que llega el sábado, vamos al pub en cuestión (muy pijete, por cierto), y la poca gente que entraba, aparte de ser de edad bastante más avanzada que la nuestra, iba de traje. Por supuesto nosotros íbamos con vaqueros y camiseta. No es que nos importase lo más mínimo, la verdad, pero allí no pegábamos ni con cola.

Así que cuando fuimos a entrar el portero nos preguntó que donde nos creíamos que íbamos. Le tuvimos que explicar que éramos amigos de los músicos y que nos habían pedido que fuéramos . Al final, un poco a regañadientes, nos dejó pasar.

Cuando fuimos a entrar vi que el cartel, efectivamente, decía Spanish Jazz, pero lo que sonaba era flamenco.

Lo más curioso del tema era ver a los irlandeses, con sus trajes y vestidos de noche, observando con ojos de Picasso la actuación flamenca, como quien está en un museo, mientras los españoles nos poníamos a bailar y a dar palmas. Un poco por montar el número, todo sea dicho. Bueno, yo no bailé mucho que digamos, ni tampoco es que diera muchas palmas. Siendo fiel a mis principios, me apoyé en la barra mientras observaba el ambiente.

Al acabar la actuación los músicos se acercaron a tomarse algo con nosotros y a agradecernos que hubiéramos ido.  Cuando se enteraron que algunos éramos de Castellón, nos dijeron algo así como: – ah!!, entonces habréis reconocido la canción de Francisco Tárrega que hemos tocado, ¿no?-

-Sí, hombre, esa que sonaba así como a guitarra española, ¿no?- dije intenando salir del paso.

-Ya, ya,… no si ya hemos visto como animabas cuando la hemos tocado-

Estallido de risas y ronda de Guinness para todos.

Saint Patrick´s day, en manga corta, enTrafalgar Square

Ya había vivido San Patricio en Dublín un par de veces. Y sí, me lo pasé genial. El color verde tiñe el centro de Dublín y las pintas de Guinness van que vuelan. Por supuesto, la música tradicional irlandesa suena en directo en la mayoría de pubs, cargándolos de esa energía tan especial y tan contagiosa que transmite la música celta.

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También recuerdo haber celebrado San Patricio en Amsterdam, no es que fuera allí a propósito. Es que estando allí me di cuenta de que era San Patricio y me metí en un bar irlandés que encontré, sin más.

Sin embargo, el San Patricio más especial, y el que creo que recordaré con el paso de los años, es el que viví el domingo pasado en Trafalgar Square.

Fue un día de San Patricio con un Sol radiante (se podía ir en manga corta), cuando lo normal en esta época del año es el frío y la siempre presente lluvia. Además, Irlanda había ganado el torneo de rugby de las seis naciones justo el día anterior, lo cual aumentó exponencialmente las ganas de fiesta de los irlandeses.

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Pero lo que me resultaba más chocante de todo era el lugar donde se estaba celebrando, en pleno centro de Londres. Justo a la espalda de la imponente estatúa del almirante Nelson y su interminable pedestal.

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En resumidas cuentas, me puse moreno en Londres, en invierno, mientras me pegaba una megafiesa irlandesa por todo lo alto a escasa distancia de Buckingham Palace y del Big Ben.  Sin duda, un San Patricio totalmente diferente a los que había vivido e incluso imaginado anteriormente. Como no podía ser de otra manera, me lo pasé genial,y es que en cuanto empieza a sonar el bodrhan, empieza la fiesta.

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Bueno, aunque siempre hay alguien que no parece estar pasándoselo tan ni tan bien 😉

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